sábado, 28 de mayo de 2011

CUENTA 140: La pasta de dientes



Metió la ropa, los zapatos, los perfumes, el cepillo y la pasta de dientes… cerró la urna y la enterró. Era libre para comenzar su vida.

Pacientemente destiló todo su cuerpo y mezcló su esencia con la pasta de dientes, así podría saborearla cada mañana.  

Arreglarse los dientes: una pasta. El consuelo de ver a su marido pagar por ello: no tiene precio.


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CUENTA 140: El teléfono


Sus muchos años de experiencia como detective no le ayudaron. Se jubiló sin descubrir donde se encontraban las llamadas perdidas.

Llevaba un mes desaparecido y nadie comprendió mi angustia al recibir su llamada. Sólo yo sabía que allí donde le arrojé no hay cobertura.


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Esta semana no ha habido suerte...

EL JUEZ



Ahí está, con una postura imposible y mirando al infinito. No tiene cara de mal tipo, quizás un poco bobalicón, muy espabilado no sería cuando ha terminado desnucado en mi salón. Y todo por las locuras de mi mujer, que si el Premio Planeta tiene un fallo de encuadernación, que si no te pago el libro, que si cojo la escultura de bronce y…
Mientras tanto ella está en el balcón tan tranquila, limpiando la jaula del pájaro y viendo pasar la Procesión de la Piedad. Tengo la sospecha de que está tan acostumbrada a que yo me encargue de limpiar sus arrebatos, que ni siquiera tiene remordimientos de conciencia. Pero esto se va a acabar, esta será la última vez que llamo a Leo “el tuerto” para que haga que parezca un accidente.
Debo ser el juez que más favores debe a los delincuentes de su jurisdicción.    

miércoles, 20 de abril de 2011

FINALISTA CUENTA 140: La bandeja


En los últimos cinco años, cada día servía y retiraba la bandeja de su comida sin tocar. Aún era demasiado pronto para aceptar su muerte.

Me desabroché el sujetador mientras él me miraba incrédulo. Se lo puse en bandeja y ni por esas cedió. Seguía convencido de que era gay.

La ingresaron al hallar cientos de bandejas con comida putrefacta junto al cadáver de su hijo. -Cuando despierte tendrá hambre - repetía.

Le miré, me miró. Fue suficiente. Nos levantamos de la mesa y corrimos, mientras mi marido estampaba la bandeja del asado contra el suelo.

En la bandeja se exhibían los instrumentos de tortura. En el sillón reclinado se esmeraba con su víctima. Era un dentista concienzudo.

Se lo puse en bandeja: el revólver en la mano, el cañón en la sien... me olvidé inyectarle valor. Ahora suplica por su muerte.

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Otra vez finalista... podría acostumbrarme.