Se entrenaban para estar muertos cada día. En el autobús escolar que les recogía por las mañanas, en clase de lengua y en el recreo, en el comedor del colegio y en las actividades extraescolares… Ya lo hacían tan bien que no era de extrañar que los profesores nunca les nombrasen cuando pasaban lista o que las cocineras del comedor dejasen sus platos vacíos al servir.
Así les resultaba mucho más fácil vivir cuando
llegaban a casa.

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