Ahí está, con una postura imposible y mirando al infinito. No tiene cara de mal tipo, quizás un poco bobalicón, muy espabilado no sería cuando ha terminado desnucado en mi salón. Y todo por las locuras de mi mujer, que si el Premio Planeta tiene un fallo de encuadernación, que si no te pago el libro, que si cojo la escultura de bronce y…
Mientras tanto ella está en el balcón tan tranquila, limpiando la jaula del pájaro y viendo pasar la Procesión de la Piedad. Tengo la sospecha de que está tan acostumbrada a que yo me encargue de limpiar sus arrebatos, que ni siquiera tiene remordimientos de conciencia. Pero esto se va a acabar, esta será la última vez que llamo a Leo “el tuerto” para que haga que parezca un accidente.
Debo ser el juez que más favores debe a los delincuentes de su jurisdicción.

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