miércoles, 30 de marzo de 2011

A vivir que son dos días


 “A vivir que son dos días”, pensó mientras se cerraba tras ella la puerta de la adivina.
Su cara afligida se iluminó con una sonrisa, haría lo que nunca pudo hacer por falta de tiempo.
Recogió a su hijo del colegio más pronto que ningún día, se lo comió a besos y jugaron y rieron en el parque hasta el anochecer. Ese día no hubo prisas, ni gritos, ni lloros.
El segundo día no despertó. Las cartas nunca mienten.


No hay comentarios:

Publicar un comentario