Cuando veía los spaghetti en el plato el tenedor se ponía de punta. Por fin se enrollaría con la cuchara.
No sabía qué le excitaba más: si clavarse en la carne, o el roce del cuchillo.
Siempre llevaba un tenedor y una cuchara en el bolsillo. En el talego no se comía todos los días, pero siempre se utilizaban los cubiertos.
Tirada en el suelo de la cocina sólo pudo clavarle el tenedor. Viendo el pánico reflejado en los ojos de su maltratador, sólo pudo sonreír.
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Esta semana también he sido finalista con el primer micro que envié.

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