miércoles, 30 de marzo de 2011

CUENTA 140: LA gata

Sus ojos me hechizaron en el instante en que los vi. Sería mía o de nadie. Pagué los 300 euros y conseguí la gatita persa.

Desde que el dictador les utiliza como degustadores en sus comilonas, los gatos callejeros son una especie en vías de extinción.

El niño subía al desván después de cada comida. Nadie sospechó que en aquel saco de esparto lanzado al río había una peludita menos.

Se la solía ver al anochecer, una suave sombra de ojos verdes. Cuando desapareció nadie se fijó en la nueva silueta aplanada en el asfalto.

Se enamoró nada más verle. Le recordaba a los gatos arrabaleros, con ese punto canalla y pendenciero. Siempre supo que sería su perdición.

Le apodaban “el gato” no por su ronroneo, sino porque acechaba a su presa con la eficacia de un felino.

Ronroneaba cuando la acariciaba, se enroscaba en su pierna al verle entrar, no pudo evitar clavarse en sus ojos cuando la abandonó.

Ella nunca fue recatada ni sigilosa, irrumpía en la pantalla con fiereza. Nunca entendió porqué le dieron el papel de la gata.

Ya sólo salía por las noches, asomaba cual espectro, oscuro y furtivo. Saltaba a los tejados convertida en la sombra arrogante de una gata.


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Esta es mi aportación para esta semana. Tengo que decir que "la gata sobre el tejado de zinc" es una de mis películas preferidas.

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