sábado, 28 de abril de 2012

Morir para vivir



Se entrenaban para estar muertos cada día. En el autobús escolar que les recogía por las mañanas, en clase de lengua y en el recreo, en el comedor del colegio y en las actividades extraescolares… Ya lo hacían tan bien que no era de extrañar que los profesores nunca les nombrasen cuando pasaban lista o que las cocineras del comedor dejasen sus platos vacíos al servir.
Así les resultaba mucho más fácil vivir cuando llegaban a casa.



Los celos


Veo junto a su reloj unos números grabados en su piel y decido anotarlos antes de que despierte. Como cada mañana soy la primera en levantarme y cuando él sale de la ducha yo estoy saliendo por la puerta.

Los celos me devoran y antes de pensar lo que estoy haciendo, la voz de los números responde a mi llamada. Pero no es la voz aterciopelada que esperaba escuchar, es una voz ronca, grave, es la voz… ¡de un hombre!

- ¿Con quién hablo? – pregunto

- ¿María? No esperaba volver a oírte. La última vez me dijiste que querías a tu marido…

Mi teléfono se ha estrellado contra el suelo.


Terapia de grupo



“¿Y cuándo será el incendio?”, pregunté. Todos me miraron y sentí como me arrugaba en la silla ante la mirada de aquellos extraños. Era la primera vez que pertenecía a un grupo, aunque fuese tan dispar como ese; había un abogado de oficio, un fontanero en paro, un ama de casa, un director de banco, una prostituta, un locutor de radio y hasta un diputado.
Por fin el cabecilla del grupo contestó: “Lo haremos mañana”, y lo dijo con tal determinación que nadie rechistó, así era él… todavía recuerdo el anuncio que puso en el periódico: reputado psiquiatra organiza terapia de grupo para pirómanos.


martes, 31 de enero de 2012

Todo bajo control



El despreocupado repiqueteo de mis pasos era escoltado por el abogado, sumiso, impecable, traje negro y cartapacio bajo el brazo. Sus servicios eran un mero trámite legal, como siempre yo tenía todo bajo control: los testigos amenazados, el jurado comprado… el fiscal se podía contentar si con las pruebas incriminatorias me imputaban como un simple camello, de esta me libraba con una sanción…  
El edificio de justicia se perfilaba ya al final de la calle bajo un cielo gris plomo que amenazaba tormenta. No vi el socavón que se abría ante mi y caí en sus fauces con ruido de huesos rotos. El sudor frío que me cubrió el cuerpo no fue por el dolor, sino por la mirada perturbada que desde la superficie, hierro en mano, me dirigía mi abogado. Creo que después de todo no tenía el asunto tan controlado…