El despreocupado repiqueteo de mis pasos era escoltado por el abogado, sumiso, impecable, traje negro y cartapacio bajo el brazo. Sus servicios eran un mero trámite legal, como siempre yo tenía todo bajo control: los testigos amenazados, el jurado comprado… el fiscal se podía contentar si con las pruebas incriminatorias me imputaban como un simple camello, de esta me libraba con una sanción…
El edificio de justicia se perfilaba ya al final de la calle bajo un cielo gris plomo que amenazaba tormenta. No vi el socavón que se abría ante mi y caí en sus fauces con ruido de huesos rotos. El sudor frío que me cubrió el cuerpo no fue por el dolor, sino por la mirada perturbada que desde la superficie, hierro en mano, me dirigía mi abogado. Creo que después de todo no tenía el asunto tan controlado…
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