En los últimos cinco años, cada día servía y retiraba la bandeja de su comida sin tocar. Aún era demasiado pronto para aceptar su muerte.
Me desabroché el sujetador mientras él me miraba incrédulo. Se lo puse en bandeja y ni por esas cedió. Seguía convencido de que era gay.
La ingresaron al hallar cientos de bandejas con comida putrefacta junto al cadáver de su hijo. -Cuando despierte tendrá hambre - repetía.
Le miré, me miró. Fue suficiente. Nos levantamos de la mesa y corrimos, mientras mi marido estampaba la bandeja del asado contra el suelo.
En la bandeja se exhibían los instrumentos de tortura. En el sillón reclinado se esmeraba con su víctima. Era un dentista concienzudo.
Se lo puse en bandeja: el revólver en la mano, el cañón en la sien... me olvidé inyectarle valor. Ahora suplica por su muerte.
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Otra vez finalista... podría acostumbrarme.



